NO RENDIRSE – LUCHAR!!!

 
Nadie tiene por qué entregarse al desaliento ni a la desesperación.  Puede Satanás  presentarse a ti, insinuándote desapiadadamente: “Tu caso es desesperado.  No tienes redención.”                      
                                     
 

Hay sin embargo esperanza en Cristo para ti.  Dios no nos exige que venzamos con nuestras propias fuerzas.  Nos invita a que nos pongamos muy junto a él.  Cualesquiera que sean las dificultades que nos abrumen y que opriman alma y cuerpo, Dios aguarda para libertarnos.

El que se humanó sabe simpatizar con los padecimientos de la humanidad.  No sólo conoce Cristo a cada alma, así como sus necesidades y pruebas particulares, sino que conoce todas las circunstancias que irritan el espíritu y lo dejan perplejo.  Tiende su mano con tierna compasión a todo hijo de Dios que sufre.  Los que más padecen reciben mayor medida de su simpatía y compasión.  Le conmueven nuestros achaques y desea que depongamos a sus pies nuestras congojas y nuestros dolores, y que allí los dejemos.

 
No es prudente que nos miremos a nosotros mismos y que estudiemos nuestras emociones.  Si lo hacemos, el enemigo nos presentará dificultades y tentaciones que debiliten la fe y aniquilen el valor.  El fijarnos por demás en nuestras emociones y ceder a nuestros sentimientos es exponernos a la duda y enredarnos en perplejidades.  En vez de mirarnos a nosotros mismos, miremos a Jesús. Cuando las tentaciones os asalten, cuando los cuidados, las perplejidades y las tinieblas parezcan envolver vuestra alma, mirad hacia el punto en que visteis la luz por última vez.
 
Descansad en el amor de Cristo y bajo su cuidado protector.  Cuando el pecado lucha por dominar en el Corazón, cuando la culpa oprime al alma y carga la conciencia, cuando la incredulidad anubla el espíritu, acordaos de que la gracia de Cristo basta para vencer al pecado y desvanecer las tinieblas.  Al entrar en comunión con el Salvador entramos en la región de la paz. (MC 190-193)

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