EL PODER DE LA VOLUNTAD

 
 
 
 
La simpatía y el tacto serán muchas veces de mayor beneficio para el enfermo que el tratamiento más hábil administrado con frialdad e indiferencia.                                                    
 

Positivo daño hace el médico al enfermo cuando se le acerca con indiferencia, y le mira con poco interés, manifestando con palabras u obras que el caso no requiere mucha atención, y después lo deja entregado a sus cavilaciones.  La duda y el desaliento ocasionados por su indiferencia contrarrestarán muchas veces el buen efecto de las medicinas que haya recetado.
 
Si los médicos pudieran ponerse en el lugar de quien tiene el espíritu deprimido y la voluntad debilitada por el padecimiento, y de quien anhela oír palabras de simpatía y confianza, estarían mejor preparados para comprender los sentimientos del enfermo.  Cuando el amor y la simpatía que Cristo manifestó por los enfermos se combinen con la ciencia del médico, la sola presencia de éste será una bendición.

La llaneza con que se trate a un paciente le inspira confianza y le es de mucha ayuda para restablecerse.  Hay médicos que creen prudente ocultarle al paciente la naturaleza y la causa de su enfermedad.  Muchos, temiendo agitar o desalentarse diciéndole la verdad, le ofrecen falsas esperanzas de curación, y hasta le dejarán descender al sepulcro sin avisarle del peligro. Todo esto es imprudente.  Tal vez no sea siempre conveniente ni tampoco lo mejor, exponer al paciente toda la gravedad del peligro que le amenaza.  Esto podría alarmarle y atrasar o impedir su restablecimiento.  Tampoco se les puede decir siempre toda la verdad a aquellos cuyas dolencias son en buena parte imaginarias.  Muchas de estas personas no tienen juicio y no se han acostumbrado a dominarse.  Tienen antojos y se imaginan muchas cosas falsas respecto de sí mismas y de los demás.  Para ellas, estas cosas son reales, y quienes las cuiden necesitan manifestar continua bondad, así como paciencia y tacto incansables.  Si a estos pacientes se les dijera la verdad respecto de sí mismos, algunos se darían por ofendidos y otros se desalentarían.  Cristo dijo a sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que deciros, mas ahora no las podéis llevar.” (S. Juan 16:12.)  Pero si bien la verdad no puede decirse en toda ocasión, nunca es necesario ni lícito engañar.  Nunca debe el médico o el enfermero rebajarse al punto de mentir.  El que así obre se coloca donde Dios no puede cooperar con él; y al defraudar la confianza de sus pacientes, se priva de una de las ayudas humanas más eficaces para el restablecimiento del enfermo.
 
El poder de la voluntad no se aprecia debidamente.  Mantened despierta la voluntad y encaminadla con acierto, y comunicará energía a todo el ser y constituirá un auxilio admirable para la conservación de la salud.   
La voluntad es también poderosa en el tratamiento de las enfermedades.  Si se la emplea debidamente, podrá gobernar la imaginación y contribuirá a resistir y vencer la enfermedad de la mente y del cuerpo.  Ejercitando la fuerza de voluntad para ponerse en armonía con las leyes de la vida, los pacientes pueden cooperar en gran manera con los esfuerzos del médico para su restablecimiento.  Son miles los que pueden recuperar la salud si quieren.  El Señor no desea que estén enfermos, sino que estén sanos y sean felices, y ellos mismos deberían decidirse a estar buenos.  Muchas veces los enfermizos pueden resistir a la enfermedad, negándose sencillamente a rendirse al dolor y a permanecer inactivos.  Sobrepónganse a sus dolencias y emprendan alguna ocupación provechosa adecuada a su fuerza.  Mediante esta ocupación y el libre uso de aire y sol, muchos enfermos demacrados podrían recuperar salud y fuerza. (MC 188-189)

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